Históricamente, los esfuerzos de colaboración de los Estados Unidos y México en el sector de la biotecnología, sin considerar los dispositivos médicos, han sido a nivel educativo, mediante proyectos de colaboración informales e intercambios estudiantiles. Uno de estos esfuerzos, desde luego, dio la lugar a la fundación de dos famosos institutos de biotecnología en México. A finales de la década de los setenta, un científico mexicano llamado Francisco Bolívar participó en el desarrollo de la primera proteína genéticamente modificada y de los primeros vectores de clonación en la Universidad de California en San Francisco. Bolívar regresó a México junto con Luis Herrera-Estrella para fundar juntos y dirigir el Instituto de Biotecnología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en Cuernavaca y el Centro de Investigación y Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (CINVESTAV) en Irapuato.
 

México, por lo tanto, ha concentrado sus esfuerzos en el desarrollo de instituciones y centros científicos dedicados a la investigación biotecnológica. Según el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) de México, en la última década la cantidad de personas que obtuvieron un doctorado con especialización en ciencias en México se ha quintuplicado. Además, la cantidad de estudiantes que se inscriben en programas de maestrías en ciencias ha superado el doble desde 1995. Lamentablemente, México carece de oportunidades laborales para estos empleados calificados y la mayoría se ve obligada a buscar becas posdoctorales temporales en los Estados Unidos, Canadá o Europa. Como la posibilidad de volver a México es muy poco factible, todos los bienes de propiedad intelectual y productos con posibles fines de lucro descubiertos por científicos mexicanos se desarrollan y comercializan en el exterior de México en colaboración con empresas multinacionales. Esto provoca un círculo vicioso, en tanto que las instituciones educativas de donde surgen los estudiantes y los descubrimientos no reciben los beneficios financieros de los productos desarrollados, mientras que para sustentar su crecimiento y avance tecnológico, se ven obligados a solicitar financiamiento del gobierno.

Sin embargo, con la implementación de políticas de patentes y transferencia de tecnología adecuadas y en colaboración con los Estados Unidos, ambos países podrían trabajar juntos en proyectos de investigación y desarrollo para crear un centro de biotecnología de los Estados Unidos y México. La transferencia de tecnología es el proceso por el cual los resultados de una investigación científica, generalmente de universidades, se transfieren al sector comercial a través del desarrollo y otorgamiento de licencias de aplicaciones prácticas para la investigación. En la actualidad, el número de patentes que se otorgan anualmente en México es bajo. Sin embargo, esta situación no parece ser el resultado directo de la falta de inventiva. En sí, parece deberse en gran medida a la falta de énfasis y aplicación políticas en las instituciones que protejan las  ideas para una posible futura comercialización, asociada a la falta de legislación que incentive a las instituciones al respecto.

En los Estados Unidos, antes de la Ley Bayh-Dole (la "Ley"), los investigadores estadounidenses carecían de incentivos para crear productos con fines comerciales. Con la aprobación de la Ley en 1980, las personas físicas e instituciones de investigación ahora pueden proteger sus ideas y tener el incentivo necesario para asociarse con empresas con fines de lucro y lograr que los descubrimientos ingresen al mercado. Como resultado, la industria biotecnológica ha crecido a pasos agigantados en los Estados Unidos, después de 20 años de esfuerzos por parte del sector sin fines de lucro, para incentivar la transferencia de tecnología. La Ley otorga la titularidad de los descubrimientos e inventos a universidades y otras organizaciones de investigación que llevaron a cabo la investigación, siempre y cuando se comprometan a comercializar el descubrimiento o invento. La institución de investigación tiene el derecho de conservar la titularidad de las patentes y generar ingresos al otorgar licencias de las patentes o comercializarlas a una empresa privada. Además, las personas físicas que idearon el producto gozan del derecho de compensación en virtud de la Ley. El sector privado, en cambio, obtiene incentivos para desarrollar determinados descubrimientos o inventos dado que la institución de investigación puede otorgarle los derechos exclusivos para fabricar productos comerciales. Aunque el gobierno sufre pérdidas económicas por la venta de las licencias no exclusivas (dado que los organismos gubernamentales que financiaban la investigación institucional solían ser los titulares de los inventos), obtiene ingresos de los impuestos recaudados por las ventas de productos que realiza el sector privado. Por lo tanto, la Ley resulta positiva para todas las partes involucradas y genera incentivos para la investigación y el desarrollo.

Es por este motivo que la Ley ha jugado un papel decisivo en el desarrollo de las industrias de biotecnología y ciencias biológicas. La Ley fortaleció los derechos de propiedad intelectual en los Estados Unidos, contribuyó al patrimonio universitario y destinó el dinero de los contribuyentes al desarrollo de productos para el público general. Ahora, el aspecto clave es verificar que México siga un camino similar. A pesar de que México ha tomado las primeras medidas para optimizar los incentivos para la comunidad científica con la aprobación de las iniciativas AVANCE y FOCAT en 2003, este país necesita seguir desarrollando su industria biotecnológica y fomentar un espíritu emprendedor entre sus investigadores calificados. El programa AVANCE (Aumento del Valor Agregado en Empresas con Conocimiento y Empresarios) tenía como objetivo financiar empresas recién creadas y el FOCAT (Fortalecimiento de las Capacidades Tecnológicas) estaba dirigido a disminuir la eterna fuga de cerebros de México por medio de subsidios que otorguen empleo a científicos exitosos en empresas mexicanas. Para facilitar aún más los avances tecnológicos en México y colaborar con la transferencia de biotecnología en ambos lados de la frontera, México espera alcanzar todo su potencial mediante la implementación de políticas que imiten los objetivos de la Ley Bayh-Dole. De manera conjunta, los Estados Unidos y México pueden convertirse en socios regionales de biotecnología y llevar a la industria biotecnológica a nuevos niveles.

Con tantas instituciones de investigación, universidades y empresas de biotecnología situadas en los Estados Unidos, sería oportuno que México se volviera un destino potencial para que estas empresas colaborasen en el desarrollo y la fabricación de sus productos. Mientras que las empresas estadounidenses se pueden beneficiar del aumento de la mano de obra a menor costo, México se vería beneficiado por la creación de puestos de trabajo y el desarrollo de la mano de obra calificada.

Actualmente, la cooperación en biotecnología entre ambos países simplemente se refleja en las maquiladoras de la segunda mitad del siglo XX. En 2006, el comercio entre los Estados Unidos y México en productos de biotecnología y ciencias biológicas, según informó el Departamento de Comercio de los Estados Unidos, había alcanzado casi 3 mil millones de dólares con un crecimiento anual promedio del 15% entre 2003 y 2006.

Aunque la llegada de las maquiladoras benefició sustancialmente tanto a los Estados Unidos como a México y siguen abasteciendo a ambos países en la actualidad, lo han hecho en un nivel bajo dado el fortalecimiento de la competencia internacional. En virtud de que las maquiladoras operan en una amplia gama de industrias que abarcan productos químicos, confección de prendas, producción de alimentos y ensamblaje de productos electrónicos entre otras, las empresas estadounidenses se benefician de la mano de obra calificada a menor costo de México, mientras crean millones de empleos en México y aumentan el flujo de tecnología a ambos lados de la frontera. Al estudiar los datos, se comprobó que en 2003 había más de 3.500 maquiladoras en México, de las cuales el 90% estaba ubicado a lo largo de la frontera entre los Estados Unidos y México. Aunque la cantidad de maquiladoras sigue siendo importante y México tiene un largo porvenir en el sector de la producción, a medida que crece la competencia de China y otros países, México deberá encontrar otros nichos a fin de seguir creciendo y expandir su creciente mano de obra calificada.

Con algo de suerte, México ya se ha arraigado en la industria de la biotecnología y las ciencias biológicas al promover el crecimiento de la producción de dispositivos médicos. En 2003, las empresas de dispositivos biomédicos de Baja California emplearon a más de 23.700 personas. Sólo en Baja California existen alrededor de 60 empresas de productos biomédicos, de las cuales 40 tienen su oficina central en los Estados Unidos. El Cluster de Productos Médicos de Las Californias, formado por varios de los fabricantes de productos médicos más importantes de Baja California, fomenta de manera activa a los proveedores para que se expandan en México. Las empresas estadounidenses se han interesado y, como resultado, se ha estimulado el empleo a ambos lados de la frontera.

Actualmente, existen alrededor de 170 plantas productoras en funcionamiento en México, incluso la mayoría de las empresas más importantes de la industria: Pfizer, Bristol-Myers y Eli Lilly, entre otras. Y mientras que haya una gran cantidad de empresas farmacéuticas mexicanas operativas y con investigaciones en curso, como Probiomed (Ciudad de México), Biciclo (San Luis Potosí) y Laboratorios Silanes (Ciudad de México), el potencial para una mayor cantidad de actividades irá en aumento.

En la medida que México adopte políticas similares a las de la Ley Bayh-Dole, ambos países superarán el plano de las maquiladoras, en el que la mayor parte de la investigación y el desarrollo se lleva a cabo en los Estados Unidos, mientras que, en el trabajo conjunto, sólo la fabricación se realiza en México. Si México ofrece incentivos a sus investigadores calificados, se puede asociar con los Estados Unidos en la investigación y desarrollo de biotecnología en lugar de concentrarse en la fabricación de productos médicos. En este sentido y considerando que México tiene el mercado farmacéutico más grande de Latinoamérica con una proyección de ventas de la industria de 14 mil millones de dólares en 2008, México podrá explotar completamente sus capacidades tecnológicas y acelerar el lanzamiento de nuevos descubrimientos y medicamentos en la región sur de la frontera. Esta situación, a su vez, junto con una cooperación plena entre investigadores de México y de los Estados Unidos, beneficiaría en gran medida a la industria biotecnológica en ambos países, así como a la región en general.